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NUESTROS CIMIENTOS
DOMINGO IX DEL TIEMPO ORDINARIO
+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San
Cristóbal de las Casas
“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No todo el
que me diga ‘¡Señor, Señor!’, entrará en el Reino de los
cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre que está
en los cielos. Aquel día muchos me dirán: ‘¡Señor, Señor!,
¿no hemos hablado y arrojado demonios en tu nombre y no
hemos hecho, en tu nombre, muchos milagros? Entonces Yo les
diré en su cara: ‘Nunca los he conocido. Aléjense de Mí,
ustedes, los que han hecho el mal’.
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica,
se parece a un hombre prudente que edificó su casa sobre
roca. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron
los vientos y dieron contra aquella casa; pero no se cayó,
porque estaba construida sobre roca.
El que escucha estas palabras mías y no las pone en
práctica, se parece a un hombre imprudente que edificó su
casa sobre arena. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se
desataron los vientos, dieron contra aquella casa y la
arrasaron completamente”
(Mt 7,21-27).
Perdidos
en la sierra
Pasó ya hace
algunos años, pero lo recuerdo todavía. Queriendo visitar
nuevos lugares en torno al santuario de la mariposa monarca,
con un grupo de estudiantes de preparatoria nos fuimos de
excursión muy temprano por el cerro del Campanario. “Luis
sabe muy bien los caminos, que él sea nuestro guía”,
expresaron los muchachos. Iniciamos la cuesta con mucho
ánimo y entusiasmo. La belleza de las montañas es
impresionante, el Campanario impone y subyuga a los
excursionistas. Todo muy bien. Solamente que al regreso,
queriendo buscar un camino más fácil y evitar los rasguños
de un zona llena de “uña de
gato”, nos desviamos “un poco del camino”. “Yo conozco un
camino más bonito y fácil”, aseguro nuestro guía. Y
efectivamente, grandes planadas y caminos sencillos
aparecieron muy pronto. El problema vino después, horas y
horas caminando, senderos que no conducían a ningún lado.
Primero cayó el atardecer y después la noche nos cercó con
sus tinieblas. Al fin, una casa. “¿Dónde estamos?” Fue
nuestra primera pregunta. La respuesta nos dejó
sorprendidos: “¡Como a 35 kilómetros de Angangueo, que era
nuestro destino! ¡Y todo por buscar un camino más fácil!”
Dos
caminos
Ojalá todo
terminara como ese día de excursión: un momento de angustia
de los papás, el hambre y el cansancio de los muchachos,
pero nada más. Sin embargo, cuando se tiene que escoger el
camino de la vida es mucho más importante y con frecuencia
los criterios son la comodidad, el gusto y el sendero fácil
pero que nos llevan por caminos equivocados. La Primera
Lectura de este domingo retoma la experiencia nómada del
pueblo de Israel. El pueblo está constantemente llamado a
escoger entre la vía que conduce a la meta y aquella que
conduce a la perdición y a la idolatría: “Pongo delante
de ti bendición o maldición” (Dt 11, 26-28). Debe
escoger entre cumplir los Mandamientos o ignorarlos, entre
seguir al Señor o seguir los propios ídolos. El tema de la
elección del camino viene retomado con frecuencia en el
Nuevo Testamento con más profundidad y exigencia. Hay que
elegir entre Dios y el dinero; entre la oscuridad y la luz;
entre las obras del Espíritu y las obras de la carne; en
fin, entre la vida y la muerte.
Dos
casas
El evangelio
de San Mateo, en la conclusión del Sermón de la Montaña,
retoma este mismo tema de la elección o de los dos caminos,
pero con una nueva imagen: la construcción de la casa, y una
nueva base: la Palabra de Dios. Y pone el acento en escuchar
y poner en práctica. Deja de lado el hablar y el parecer.
Cuando se le ha dado más importancia a la apariencia, a la
comodidad y a lo externo, Cristo viene a cuestionarnos
fuertemente por nuestro interior. Algunos judíos entendieron
que poner la ley en su mente y su corazón es mandato
solamente físico, y todavía hoy en día vemos cómo se atan
las pequeñas versiones del texto sagrado para ponerlo en su
frente y en el brazo, cerca de su corazón; pero esto no es
garantía de salvación. Algunos de nosotros nos conformamos
con expresiones externas de cumplimiento de la ley: alguna
oración, algún sacramento, alguna promesa, la imagen del
Cristo en la cabecera, pero las obras contradicen lo que
afirmamos con la boca. Lo que pide Jesús es “escuchar y
poner en práctica”
Nuestros
cimientos
La
constatación del verdadero discípulo se da en la obras, no
en las palabras o en las buenas intenciones; y no en
cualquier obra, pues las hay de relumbrón, de oropel y de
apariencia. Cristo hoy nos invita a poner las verdaderas
bases de la vida del cristiano. Ante el mundo de corrupción
y narcotráfico que nos rodea y nos asusta, se proponen
soluciones simplistas para combatirla. Se habla de la pena
de muerte, de grandes penas, de cárcel y mil soluciones más.
Es verdad: se necesita mucha fuerza y valentía para combatir
tan terribles flagelos. Pero al mismo tiempo que se toman
las medidas correctivas, se deben implementar fuertemente
las bases de nuestra sociedad. Nunca serán suficientes las
cárceles ni los policías, mientras sigamos alentando una
vida de mentira y corrupción entre la propia familia. No
detendremos las drogas y el alcohol, si no hay las bases de
mejores hogares y más amor y comprensión en los hogares.
Hemos descuidado las bases de nuestra sociedad en aras de la
comodidad y bienestar. La atención a la educación y al
crecimiento en familia es deficiente. No basta que hablemos
bonito: se necesitan las obras, las verdaderas obras, las
que nacen del corazón. La Palabra de Dios, vivida y
practicada es el cimiento importante de toda familia. La fe
debe estar integrada en la vida diaria del cristiano, en el
hogar, en el trabajo… no debe quedar en palabras bonitas.
Vivir la Palabra es comprometerse con la sociedad, construir
ese mundo más conforme a los deseos de Jesús y su Reino.
Cristo debe ser la piedra angular de la vida comunitaria.
¿Cómo
estamos construyendo?
Si a los
jóvenes y a los niños se les ha abandonado en su educación o
solamente se les ha enseñado conocimientos y teorías, el día
que se enfrentan a verdaderos problemas, a la invitación de
la vida cómoda o el dinero fácil, cuando aparece el fracaso
o se requiere al esfuerzo sostenido, se derrumban porque no
tienen bases sólidas. No hay verdadero amor a la verdad, no
hay verdadero compromiso ni espíritu de servicio y
fraternidad. Cristo nos invita a elegir una casa sólida,
capaz de resistir todas las tempestades, porque está
construida sobre la roca que es Dios, que es su Palabra
escuchada y puesta en práctica. Así van quedando las
preguntas en nuestro corazón: ¿Cómo estamos construyendo el
futuro de nuestras familias y de nuestra sociedad? ¿Cómo
hacemos nuestras propias elecciones y decisiones? ¿Cuáles
son las bases que sostienen nuestra propia vida?
Nos
acogemos, Señor, a tu Providencia, que nunca se equivoca, y
te pedimos humildemente que apartes de nosotros todo mal y
nos concedas aquello que pueda contribuir a nuestro bien.
Amén.
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