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LA MESA DE JESÚS
DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO
+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San
Cristóbal de las Casas
“En
aquel tiempo, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a
su mesa de recaudador de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. El
se levantó y lo siguió.
Después, cuando estaba a la mesa en casa de Mateo, muchos
publicanos y pecadores se sentaron también a comer con Jesús
y sus discípulos. Viendo esto, los fariseos preguntaban a
los discípulos: “¿Por qué su Maestro come con publicanos y
pecadores?” Jesús los oyó y les dijo: “No son los sanos los
que necesitan de médico, sino los enfermos. Vayan, pues, y
aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia y no
sacrificios. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a
los pecadores”
(Mt 9,9-13).
Una mesa
común
“La mesa nos
ha unido. Aquí no preguntamos quién eres o de dónde vienes,
siempre serás bienvenido, siempre habrá un lugar para quien
quiera compartir nuestro pan” Así me recibe el Padre Román y
su comunidad en el hogar de los Traperos de Emaús. Recogen
lo que la sociedad desperdicia y, de la basura, sacan lo
necesario para dar dignidad a quienes se han sentido como
desperdicio de la misma sociedad. “No importa raza,
nacionalidad o religión, solamente la disposición de
compartir el pan, la necesidad y el trabajo”. Recogiendo
basura logran reconstruir a quien se creía perdido y se
sentía desplazado de entre los suyos. Drogadictos,
migrantes, extranjeros, vagabundos, aportan su esfuerzo y su
pequeñez para recobrar la propia dignidad. “La mesa nos ha
unido, no juzgamos a nadie, todos son bienvenidos”.
La mesa
de Jesús
En casa de
Mateo, “muchos publicanos y pecadores se sentaron también
a comer con Jesús y sus discípulos”. Se ha creado una
sola mesa donde no hay distinciones, donde no hay divisiones
sino una mesa que es signo del Reino anunciado por Jesús,
fundado en la misericordia y en la fraternidad. Para los
fariseos es motivo de escándalo. Ellos evitan todo contacto
con quien puede contaminarlos, con los impuros, con los
pecadores y los publicanos. Quien se siente perfecto y
santificado, rechaza y se aísla de sus hermanos,
despreciándolos, ignorándolos y rechazándolos. Por desgracia
entre nosotros encontramos con frecuencia estas actitudes.
Es muy fácil creer que se tiene la razón, cerrarse al
encuentro con los demás y despreciar sus posturas. No
estamos lejos de esas actitudes farisaicas de condena y
absurda cerrazón, no digamos ya hacia el pecador, sino hacia
el que piensa distinto de nosotros. ¡Cuántas condenas
simplemente porque son diferentes! En abierta oposición a
nuestras concepciones religiosas, Jesús va más allá de todos
los tabúes de separación, tengan el fundamento que tengan.
“Ven y
sígueme”
La narración
del llamado de Mateo podría parecernos igual que la del
llamado de los otros discípulos, pero ésta tiene unos rasgos
especiales: es el mismo Mateo quien nos la proporciona y es
él mismo quien se califica como un pecador y publicano. Un
cobrador de impuestos era mal visto por el pueblo judío,
como un traidor a la patria. Los impuestos iban a parar a
las arcas del imperio romano; los frutos de la tierra
prometida lejos de alimentar al pueblo escogido, sostenían a
un imperio pagano y opresor. Mateo estaba al servicio de
este imperio y daba la espalda al sufrido pueblo judío. No
es difícil imaginar entonces, el desprecio y repudio que
manifiestan los fariseos cuando Jesús lo llama y se une en
una comida a Mateo y sus amigos. Sin embargo, Jesús no
acepta esta discriminación, esta marginación de los
pecadores. Él, que es verdaderamente el Santo, se sienta a
la mesa con ellos, convive con ellos, ciertamente no para
participar de sus injusticias o sus pecados, sino para
invitarlos a seguirlo y construir su Reino. Esto no lo
entienden los fariseos quienes se daban baños de santidad y
tomaban sobre sus espaldas la responsabilidad de cuidar la
pureza de la ley y las costumbres. Pero no entienden la
misión de Jesús. El Mesías va más allá de legalismos, de
fronteras y divisiones. Tiene la tarea de proclamar la Buena
Nueva de un evangelio universal y de construir un Reino
donde caben todos los hermanos. A esto invita a Mateo, no
porque sea muy bueno o muy sabio, sino porque Jesús, que sí
es todo bondad y santidad, ha venido a llamar a todos,
empezando por los pecadores.
Un
proverbio…
“No son los
sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos”
¡Qué lejos estaban los fariseos de imaginar la misión de
Jesús! Esperaban un Mesías triunfador, poderoso, santo a su
estilo, juez, y aparece Jesús compartiendo, invitando y
departiendo con los pecadores. La práctica de Jesús tiene
mucho de provocación para los de conciencia tranquila de
todos los tiempos: llama a aquellos que por su condición
deberían permanecer desplazados. Y no lo hace de manera
oculta, sino que come con ellos y con sus amigos. La acogida
a pecadores, enfermos y descreídos manifiesta la real
universalidad del ofrecimiento de salvación, de la que es
portador, y del amor de Dios al expresar su preferencia por
los humanamente indignos y despreciados. Quizás hoy muchos
tomamos el papel de Dios para juzgar y separar, pero nos
olvidamos del corazón del Padre amoroso que busca, ama y
comprende. Tenemos la tentación de pensar que el pecado
aleja a Dios de nuestros caminos, pero el amor de Dios va
mucho más allá de nuestras mezquindades. Es un amor sin
condiciones, es un amor pleno y total, es un amor de Padre
con corazón de madre.
Misericordia, no sacrificios
¿Una religión
fácil donde el amor de Dios perdona todo? Debemos tener bien
seguro y firme el amor de Dios, pero no caigamos en el error
de creer que Dios no conoce nuestras injusticias y
debilidades. La primera lectura del profeta Oseas es
clarísima en este sentido. Comienza como con una invitación
a tener confianza en el Señor, pero termina con una fuerte
recriminación a quienes pretenden con solo prácticas
exteriores “cumplir” con el Señor. “Yo quiero amor y no
sacrificios, conocimiento de Dios, más que holocaustos”
(Os 6,6) El término hebreo, “hesed”, traducido por
amor, indica el amor misericordioso, fiel y gratuito que
Dios tiene por su pueblo, y que el pueblo debe vivir como
respuesta a la alianza. Completamente opuesto a sacrificios
vacíos contra los cuales habla el profeta. La religión
basada sólo en el rito, sólo en la ley y no en la
experiencia de Dios, es considerada infecunda, como una nube
que no trae lluvia, pasajera como el rocío de la mañana. Las
mismas palabras retoma Jesús para expresar lo profundo de su
misión. No, no es una religión facilona y sin compromisos,
pero tampoco el seguimiento de Jesús es el pretexto para el
desprecio de los demás. “Yo no he venido a llamar a los
justos, sino a los pecadores”, afirma Jesús. La primera
condición para acercarse a Él; es reconocerse pecador y
necesitado.
¿Cómo estamos
viviendo en nuestra persona este rasgo misericordioso de
Jesús? ¿Cómo abrimos nuestra mesa y nuestro corazón a los
que son diferentes? ¿Qué estamos haciendo para atraer a la
mesa del Reino a quienes se sienten alejados? ¿Es nuestra
actitud parecida a la de Jesús, o a la de los fariseos?
Dios
nuestro, de quien todo bien procede, inspíranos propósitos
de justicia y santidad; abre nuestro corazón y nuestra mesa
a la necesidad de nuestros hermanos y concédenos tu ayuda
para poder recibirlos y amarlos. Amén.
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