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NO TENGAN MIEDO
DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO
+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San
Cristóbal de las Casas
“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “No teman a
los hombres. No hay nada oculto que no llegue a descubrirse;
no hay nada secreto que no llegue a saberse. Lo que les digo
de noche, repítanlo en pleno día, y lo que les digo al oído,
pregónenlo desde las azoteas.
No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden
matar el alma. Teman, más bien, a quien puede arrojar al
lugar de castigo el alma y el cuerpo.
¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda?
Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo
permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de
su cabeza están contados. Por tanto, no tengan miedo, porque
ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo.
A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo
reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero al
que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré
ante mi Padre, que está en los cielos”
(Mt 10, 26-33).
Por las
ramas
Era un árbol
del que estaba orgullosa toda la colonia. Era como un
referente para todos sus habitantes; a su sombra habían
jugado cuando eran niños, sus ramas conocían sus primeras
travesuras y todos lo miraban con cariño. Por eso cuando
llegó una plaga y empezó a manchar sus hojas, se organizaron
y pronto buscaron los mejores insecticidas y pesticidas para
salvarlo. Y lo lograron, por aquella vez, pero, las últimas
lluvias con sus fuertes vientos lo derribaron y dejaron al
descubierto sus raíces carcomidas por los drenajes y las
plagas que nunca conocieron. “Nosotros curábamos sus ramas y
sus hojas, pero él se estaba pudriendo por dentro” Dijo con
tristeza un anciano.
No
tengan miedo
El temor y la
inseguridad, como lo demuestran muchas encuestas, son el pan
de cada día y una de las mayores preocupaciones de nuestro
tiempo. No podemos abandonar la casa, no podemos caminar con
seguridad, no podemos ni siquiera confiar en los más
cercanos. De todos se duda, la desconfianza ha ganado un
espacio en nuestro corazón. Por eso me llama mucho la
atención la insistencia del Evangelio de este día: “No
tengan miedo” Y se lo dice a sus apóstoles que realmente
corrían graves peligros. El pasaje evangélico que hoy leemos
forma parte de las instrucciones que Jesús da a sus
discípulos cuando los envía a la misión, como lo veíamos
hace ocho días. Los exhorta a no dejarse vencer por el
desánimo, el temor o las críticas de los hombres. Incluso se
entiende como una advertencia a no temer a los grupos
armados y a las fuerzas que de una y otra parte surgían:
Roma para mantener subyugados a los pueblos tributarios y
las innumerables rebeliones que buscaban atacar y dañar a
Roma. Y, en medio de los conflictos, los mensajeros del
Evangelio. ¿Cómo no tener miedo?
Invitación a confiar
La invitación
a no tener miedo se repite varias veces y recuerda pasajes
como el de Jeremías que tenía que proclamar un mensaje
molesto para los demás y peligroso para él. Pero en la misma
primera lectura, el profeta aparece confiado en las manos de
Dios. Las enseñanzas de Jesús se dirigen a sus discípulos y
pretenden infundir fortaleza y valor ante el rechazo o la
persecución. Cada vez que se invita a no temer, se mencionan
los motivos por los cuales los testigos del Evangelio no
deben temer miedo. Así, cada una de las expresiones. “No
tengan miedo” va seguida de una nueva razón. En primer
lugar el Evangelio posee una fuerza imparable y el mensaje
que Jesús ha encargado terminará por hacerse público. En
segundo lugar se sitúa a los discípulos ante el juicio final
para hacerles comprender que el juicio de los hombres no es
definitivo, sino el de Dios. No dependen de la estima que
tengan los hombres por ellos, sino de su real fidelidad al
amor y a la Palabra de Dios. Por último se establece la
mayor seguridad: estamos en manos Dios, padre providente,
cuya solicitud llega a vencer extremos insospechados. El
Evangelio, la verdad y el amor de Dios-Padre, son las
razones que Jesús ofrece para seguridad de sus discípulos.
Barrotes
y cerraduras
¿Nosotros en qué basamos nuestra seguridad? Construimos
fortalezas, ponemos nuevas cerraduras, doble candado y
alarma; y terminamos prisioneros de nosotros mismos y con el
enemigo dentro de nuestros hogares. Crece entre nosotros el
miedo social, la sospecha de todo, la inseguridad y la
necesidad de defenderse y buscar cada uno la salida a su
propia vida. Pero muchas veces descuidamos lo esencial.
Llevamos a nuestros hogares la envidia y el orgullo, la
valoración superficial de la persona, se utiliza la mentira,
se engaña y se prostituye… Tememos a los que matan el
cuerpo, pero llevamos con nosotros a los que matan el alma.
El miedo hace imposible la construcción de una sociedad más
humana, el miedo destruye la libertad, el miedo ata y
empobrece.
¿Cómo
educamos?
Me impresiona este evangelio porque Cristo es muy consciente
de los peligros que afrontarán sus discípulos, pero también
da una seguridad en la Buena Nueva que se anuncia, en la
verdad que se proclama y en el amor en que confiamos. Me
cuestiona sobre todo por lo que hacemos todos los días y en
especial en el nivel educativo. No estamos educando en los
verdaderos valores, en el servicio y en amor. Desde la
infancia se adquieren miedos y complejos, ansias y anhelos
que no son los que propone Cristo. Queremos salvar el árbol
fumigando solamente las ramas pero no vamos a la raíz.
Cuando un corazón está vacío ¿cómo podremos convencerlo que
luche por grandes ideales? Cuando se ha aprendido a depender
en todo momento de las cosas materiales ¿cómo pedir que se
entusiasmen por el proyecto de Jesús que nos pide amar a
todos? Cuando lo que importa es el que dirían ¿cómo
construir un corazón sincero y recto? La fama, el dinero, el
placer son los criterios que van aprendiendo los niños en
casa. Y después se sienten
desprotegidos pues no hay dinero
suficiente que forje un verdadero hombre o una verdadera
mujer, si no se han sembrado los valores en su corazón
Platiquemos con Jesús cuáles son nuestros miedos, cuáles son
nuestras seguridades, si estamos dando más importancia a los
que matan el cuerpo o a los que matan el alma, si hemos
entrado en la espiral de la violencia. ¿Qué pensamos cuando
Cristo nos dice que no tengamos miedo y nos ofrece como
seguridad los brazos amorosos de un Padre providente?
Padre misericordioso, que nunca dejas de tu mano a quienes
has hecho arraigar en tu amistad, concédenos vivir siempre
movidos por tu amor; ayúdanos a descubrir cuáles son los
verdaderos peligros que están destruyendo nuestras familias,
nuestra sociedad y nuestra Iglesia; y danos la fortaleza y
sabiduría necesarias para afrontarlos. Amén.
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