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LA PAZ EN UN BURRITO

Domingo XIV del Tiempo Ordinario


 

+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las Casas

 
 

“En aquel tiempo, Jesús exclamó: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.

 

El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

 

Vengan a Mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y Yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11, 25-30). 

 

 

Burla y engaño

La rabia y el dolor casi no la dejan hablar. Se había hecho muchas ilusiones y ahora se está dando cuenta que todo había sido un engaño. Doña Julia, entre lágrimas, me cuenta: “No puedo entender que haya gente tan perversa que vengan a abusar de la necesidad de los que no tenemos nada. Es un grupo de una asociación que según vienen a ayudarnos. Se llama ANECOF porque dicen que son algo de corazón y fe. Otros dicen que porque es ayuda a necesitados y obra de fe. Total, nos pidieron cuatrocientos pesos por persona y prometieron entregar a cada quien como 70,000 euros, que para que ya no viviéramos en la miseria. Parecía todo muy formal: nos pidieron identificaciones y acta de nacimiento de cada uno. Como tenemos cuatro hijos y mi esposo y yo, conseguimos $2,400.00, como pudimos con tal de estar inscritos. Ahora estamos bien endeudados y de ellos ni sus luces. Aunque dicen que ya andan por otras comunidades engañando a más gente”. Así hay quien abusa de los pobres y sencillos, del hambre y las necesidades, para su propio provecho. Y ¡nadie hace nada!

 

 

Sin lugar para los débiles

“En este mundo no hay lugar para los débiles” es una máxima aprendida a sangre y fuego, a dolor y experiencia por muchos de los niños y jóvenes de nuestros tiempos. Estamos en la ley de la selva o del asfalto: el grande se come al pequeño, el fuerte somete al débil y todos buscan sacar provecho del otro. ¿No es cierto que las naciones poderosas explotan los recursos de las naciones pobres? ¿No es verdad que las grandes empresas se van comiendo a las pequeñas hasta dejarlas en la ruina? Lo mismo sucede en los barrios y en las familias. El hombre fuerte, el insensible, el que aplasta aparece como modelo de juventud. Sin embargo hoy Jesús en su evangelio va contra toda esta corriente y parece descontrolarnos con sus frases profundas y cuestionantes: “gracias… por la gente sencilla… aprendan de Mí que soy manso y humilde de corazón”.

  

 

En un burrito

Todavía más, Jesús se hace eco de la primera lectura de este domingo donde Zacarías nos presenta la alegría de Jerusalén a quien invita a regocijarse: “mira a tu rey que viene hacia ti, justo y victorioso, humilde y montado en un burrito. Hace desaparecer… los carros de guerra, los caballos de combate. Rompe el arco del guerrero y anuncia la paz a las naciones…” Aparece Jesús como el portador de paz, pero rompiendo los instrumentos de la guerra. ¿Es posible construir la paz con humildad y sencillez? Es lo que afirma hoy Jesús. Propone vencer la guerra con amor. Es también lo que la experiencia nos enseña desde la casa hasta la situación de las naciones: nunca se ha ganado una guerra con violencia, la paz no se logra con la derrota del enemigo, sino cuando hay la reconciliación y el acuerdo, y todavía se tiene que trabajar mucho después. Cuando alguien grita, otro busca gritar más fuerte; cuando se quiere controlar la violencia con violencia, se suscita una cadena interminable de agravios. Si se siembran vientos se cosecharán tempestades.

 

 

Manso y humilde

La mansedumbre y la humildad no son, como alguien quisiera confundir, una característica de personas pasivas, sin nervio, sin ánimo, sin pasiones, indiferentes y sin emociones. Basta contemplar a Jesús: cuando es proclamado rey en su entrada a Jerusalén, va en un burrito, pero no duda en bajarse del burro, empuñar el látigo y descargarlo contra quienes se han atrevido a profanar el templo. Reprocha fuertemente a quienes lucran con la fe y el culto. Arde en su corazón el celo por la casa del Señor, “el templo y el sagrado recinto que es cada persona”. Así Cristo nos dice que el manso no es un resignado, un incapaz de afrontar los problemas más arduos y tomar decisiones frente a la injusticia. Si uno no está dispuesto a afrontar los retos y luchar con pasión por la justicia, no puede llamarse manso ni humilde: será irresponsable e indiferente. La oración de agradecimiento de Jesús va en este profundo sentido: los más sencillos, los más humildes son los que se comprometen con la verdad. Los sabios y entendidos, según el mundo, juegan con los sentimientos, buscan ventajas y abusan de su fortaleza. Precisamente Cristo ha elegido siempre a los pobres y sencillos; no es difícil descubrirlo en su evangelio. Y no es que no anuncie su evangelio a los poderosos y entendidos, sino que si éstos tienen su corazón lleno de orgullo, no pueden aceptar la novedad del Evangelio.

 

 

Vengan a Mí

“Vengan a Mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y Yo los aliviaré”. Cristo sabe que no es fácil construir el mundo desde abajo y entiende que hay dolor y sufrimiento cuando se opta por los pobres y sencillos, por eso pone su corazón como guarida y por eso ofrece su ejemplo como aliciente. Quien siente el peso de la vida encontrará en Jesús un alivio profundo. “Tomen mi yugo sobre ustedes”, pero la invitación de Jesús no ofrece las curaciones milagrosas o la ausencia de dolor o compromiso. Hay que cambiar de yugo. Abandonar el de los “sabios y entendidos” pues no es llevadero, y cargar con el de Jesús, que hace la vida más llevadera. No porque Jesús exija menos. Exige más, pero de otra manera. Exige lo esencial: el amor que libera de lo que hace daño a las personas. “Aprendan de Mí” es la invitación final que en este día nos hace Jesús. Imitarlo, como Él construye, con sus preferencias, con su estilo, como Él busca la paz.

 

¿Qué lugar ocupan los pequeños en nuestra comunidad? ¿Cómo resolvemos nosotros nuestras diferencias y a quién le damos la razón: al que grita más, al poderoso o a quién? ¿Cómo podemos acercarnos a Jesús para soportar nuestros yugos de cada día?

 

Dios nuestro, que por medio de la muerte de tu Hijo has redimido al mundo de la esclavitud del pecado, concédenos participar ahora de una santa alegría y, después en el cielo, de la felicidad eterna. Amén.

 

 

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