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LOS BUENOS Y LOS MALOS
Domingo XVI del Tiempo Ordinario
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+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San
Cristóbal de las Casas
“En aquel tiempo, Jesús propuso esta parábola a la
muchedumbre: “El
Reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena
semilla en su campo; pero mientras los trabajadores dormían,
llegó un enemigo del dueño, sembró cizaña entre el trigo y
se marchó. Cuando crecieron las plantas y se empezaba a
formar la espiga, apareció también la cizaña.
Entonces los trabajadores fueron a decirle al amo: ‘Señor,
¿qué no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde,
pues, salió esta cizaña?’ El amo les respondió: ‘De seguro
lo hizo un enemigo mío’. Ellos le dijeron: ‘¿Quieres que
vayamos a arrancarla?’ Pero él les contestó: ‘No. No sea que
al arrancar la cizaña, arranquen también el trigo. Dejen que
crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha y, cuando
llegue la cosecha, diré a los segadores: Arranquen primero
la cizaña y átenla en gavillas para quemarla; y luego
almacenen el trigo en mi granero’ ”.
Luego les propuso esta otra parábola: “El Reino de los
cielos es semejante a la semilla de mostaza que un hombre
siembra en un huerto. Ciertamente es la más pequeña de todas
las semillas, pero cuando crece, llega a ser más grande que
las hortalizas y se convierte en un arbusto, de manera que
los pájaros vienen y hacen su nido en las ramas”.
Les dijo también otra parábola: “El Reino de los cielos se
parece a un poco de levadura que tomó una mujer y la mezcló
con tres medidas de harina, y toda la masa acabó por
fermentar”.
Jesús decía a la muchedumbre todas estas cosas con
parábolas, y sin parábolas nada les decía, para que se
cumpliera lo que dijo el profeta: “Abriré mi boca y les
hablaré con parábolas; anunciaré lo que estaba oculto desde
la creación del mundo”.
Luego despidió a la multitud y se fue a su casa. Entonces se
le acercaron sus discípulos y le dijeron: “Explícanos la
parábola de la cizaña sembrada en el campo”.
Jesús les contestó: “El sembrador de la buena semilla es el
Hijo del hombre, el campo es el mundo, la buena semilla son
los ciudadanos del Reino, la cizaña son los partidarios del
maligno, el enemigo que la siembra es el diablo, el tiempo
de la cosecha es el fin del mundo, y los segadores son los
ángeles.
Y así como recogen la cizaña y la queman en el fuego, así
sucederá al fin del mundo: el Hijo del hombre enviará a sus
ángeles para que arranquen de su Reino a todos los que
inducen a otros al pecado y a todos los malvados, y los
arrojen en el horno encendido. Allí será el llanto y la
desesperación. Entonces los justos brillarán como el sol en
el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga”
(Mt 13, 24-43).
Dos cervezas
Todavía cuando lo recuerda se vuelve como loco. Con
frecuencia se golpea la cabeza contra la pared y no acepta
lo que le ha pasado. “¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?” Se
repite una y otra vez. “¿Por qué tenía que suceder así? Yo
solamente quería ayudar en lo que yo podía” En la cárcel el
tiempo es lento y vienen a su mente, una y otra vez, los
acontecimientos trágicos. Ofreció su camioneta para
trasladar el grupo de jóvenes a un encuentro. Les cobraría
solamente la gasolina ya que sabía que ellos no tenían
dinero y buscaban con el deporte, las conferencias y sus
actividades, además de convivir, ir formando nuevas
generaciones. Todo había estado muy bien: los juegos, las
conferencias, la convivencia… pero mientras los jóvenes
participaban, los chóferes también se pusieron a convivir.
“Fueron solamente dos cervezas” me repite con frecuencia.
Sin embargo el trágico accidente dejó muertos y heridos.
“Todos recuerdan los muertos y heridos y me echan la culpa.
Nadie se acuerda que yo sólo quería ayudar... ¿Por qué
siempre se revuelven las cosas buenas con las malas?...
Fueron sólo dos cervezas”.
Los buenos y los malos
Es frecuente dividir, hasta la ridiculez, el mundo, la
historia y las sociedades en buenos y malos. Los que piensan
distinto a nosotros, los que son de otro grupo o religión,
los de diferentes partido… no solamente son “los otros”, con
frecuencia son considerados perversos, separados y en
extremos opuestos. Han cometido el delito de ser diferentes.
Se multiplican las historias de Caín y Abel: atacar al otro
simplemente porque es distinto. Las actuales guerras, los
conflictos internacionales, las diferencias políticas, son
casi imposibles de resolver porque no aceptamos las razones
de los otros, porque los juzgamos incapaces de tener algo
bueno y se condena a priori cualquier propuesta o
posible solución que los otros presentan. Cuando se parte de
la condenación y la descalificación del otro, es imposible
encontrar la paz. La parábola de la cizaña tiene sus grandes
enseñanzas: es realidad el mal en nuestra vida, no podemos
arrancar al otro simplemente porque a nosotros nos parezca
mal, sólo hay un verdadero juez que en el momento justo
develará la verdad…
Cizaña
Tres parábolas nos presenta este domingo Jesús. Cada una
diferente pero cada una complementaria con la otra. Con la
parábola del trigo y la cizaña, Jesús nos enseña que Dios
está en todas partes y que a todos acoge, y lo expresa
despertando el respeto por los demás, alentando la paciencia
y fortaleciendo la esperanza en que habrá un día en que se
puedan alcanzar niveles de justicia, de igualdad y de paz.
Pero el camino no es exterminando, destruyendo, sino
respetando procesos y diferencias. Una parábola contra la
discriminación y también una autorreflexión y reconocimiento
del mal que está no sólo en nuestro mundo, sino en nuestra
propia persona. Tenemos que reconocer que en el corazón de
cada uno de nosotros descubrimos grandes riquezas, pero
también hay graves errores, tropiezos, egoísmos y
equivocaciones. Nos cuesta mucho discernir los propios
sentimientos, los afectos y las acciones. Es fácil reconocer
los defectos de los demás pero ¡qué difícil es reconocer
nuestras propias deficiencias! También nos ayuda esta
parábola a cuestionarnos sobre el bien y el mal. Es
tendencia actual disculpar todo y caminar como si cada quien
pudiera hacer lo que le venga en gana sin importar si es
bueno o malo. Y Jesús nos recuerda que en el mundo también
hay el mal y que no lo podemos llamar “bien”.
Mostaza
La pequeñita pero hermosísima parábola de la semilla de
mostaza que llega a ser un gran arbusto, nos enseña en la
teoría lo que Jesús sabe vivir en la práctica. Muchos de sus
seguidores al mirar lo poco que hace, el reducido campo de
acción, los pocos éxitos que obtiene, se cuestionan si Jesús
será verdaderamente el Mesías. Hoy sucede igual. Muchos
cristianos pretenden irse por el camino fácil de la
propaganda más que por el camino de la vida; interesa más la
cantidad que la calidad; impresiona más las exhibiciones que
la profundidad del Evangelio. A algunos les parecería que
Jesús debe endulzar y aligerar un poco su doctrina con tal
de tener más seguidores. Pero Jesús es muy claro y nos lo
repite en esta parábola: se necesita profundidad, se
necesita apertura para recibir la semilla, se necesita
paciencia para dejarla crecer y se necesita constancia para
que de fruto. ¿Qué dice Jesús a la Iglesia de hoy con esta
parábola?
Levadura
Finalmente la parábola de la levadura continúa y profundiza
el mismo tema: el Evangelio no se trata de conquista, sino
de contagiar. No vamos a enseñar sino a participar, y, sobre
todo, el resultado dependerá no sólo de nuestras acciones,
pero también de ellas. La ley de la resonancia también se da
en el Evangelio. Una pequeña acción positiva desencadena un
sinnúmero de cosas buenas, una omisión, una actitud
negativa, afectará gravemente, no sólo a nuestra persona,
sino a nuestra comunidad. El Reino debe implicar para el
discípulo de Jesús una acción transformadora en la vida
cotidiana, que llegue hasta lo más profundo de la persona
humana. Es un llamado constante y permanente a construir e
influir en las estructuras de la sociedad para crear un
mundo más justo, más hermano y más comprensivo. Se trata de
cambiarlo desde dentro y entonces cambiarán las estructuras,
se necesita un cambio de corazón… pero si nosotros no
cambiamos ¿cómo transformar el mundo?
Son tres pequeñas parábolas que dejan, o que deberían
dejar, una gran inquietud en cada uno de nosotros.
Conscientes de que en nuestro propio interior encontramos
esa dualidad del bien y el mal ¿cómo actuamos frente a los
que son diferentes o con nosotros mismos cuando nos
descubrimos pecadores? ¿Cuánta paciencia tenemos a los demás
y nos tenemos a nosotros mismos? ¿Somos semilla de mostaza,
levadura o somos solamente palabrería y llamarada de petate?
Son tres parábolas que debemos sembrar en nuestro
pensamiento y en nuestro corazón y dejarlas que crezcan
arriesgándonos a las consecuencias.
ORACIÓN
Míranos, Señor, con amor y multiplica en nosotros los dones
de tu gracia para que, llenos de fe, esperanza y caridad,
permanezcamos siempre fieles en el cumplimiento de tus
mandatos. Amén.
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