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ANTE EL HAMBRE
Domingo XVIII del Tiempo Ordinario
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+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San
Cristóbal de las Casas
“En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el
Bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar apartado
y solitario. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde
los pueblos. Cuando Jesús desembarcó, vio aquella
muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos.
Como ya se hacía tarde, se acercaron sus discípulos a
decirle: “Estamos en despoblado y empieza a oscurecer.
Despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren
algo de comer”. Pero Jesús le replicó: “No hace falta que
vayan. Denles ustedes de comer”. Ellos le contestaron: “No
tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados”. Él les
dijo: “Tráiganmelos”.
Luego mandó que la gente se sentara sobre el pasto. Tomó los
cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo,
pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los
discípulos para que los distribuyeran a la gente. Todos
comieron hasta saciarse, y con los pedazos que habían
sobrado se llenaron doce canastos. Los que comieron eran
unos cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y a los
niños”
(Mt 14, 13-21).
Dios así lo quiere
San Cristóbal en estos días es una ebullición de turistas
venidos de todas partes del país y del mundo. Y en una
ciudad pequeña, esto ocasiona las más diversas situaciones
de convivencia. Por casualidad, escuché el diálogo de una
familia. “Mamá, mira ese niño, no tiene zapatos y ¿por qué
está tan sucio? ¿No lo cuidan en su casa?” preguntaba el
niño pequeño. La respuesta no se hizo esperar: “No todos
tienen tanta suerte como tú, de tener unos papás
responsables y trabajadores. ¿Cuántos zapatos tienes? Y
hasta los descuidas, igual desperdicias la comida. Esto
debería enseñarte a cuidar más las cosas que Dios te ha
dado; porque no a todos les ha dado lo mismo. Dios a ti te
quiere mucho… Si Dios así lo quiere ¿qué le vamos a hacer?”
Así siguió la cantinela, regaño o consejo, de la madre para
su pequeño y en mis oídos y en mi corazón siguieron
resonando sus palabras: “Dios así lo quiere…”
Hambre y desnutrición
A pesar del turismo, de las bellezas naturales y de la
riqueza inmensa del agua, Chiapas sigue teniendo las
comunidades más pobres. Cancuc, Mitontic, Chalchihuitán,
Santiago el Pinar, Duraznal, Sitalá, solamente por citar
algunos municipios, están considerados entre los más pobres
de todo México y realmente la pobreza y el hambre duelen.
Mortandad infantil, alcoholismo, analfabetismo, enfermedades
de la pobreza… son pan de cada día. Niños desnutridos y
mujeres anémicas claman justicia en un país que habla de
incorporación al primer mundo y de los últimos adelantos, de
millones en seguridad y armas, de gastos ingentes en
naderías… y no somos capaces de saciar el hambre de nuestros
hermanos. Pero no solamente en estos municipios, hay enormes
cinturones de miseria perdidos en las grandes ciudades que a
veces pasan desapercibidos o no los queremos ver. ¿Dios lo
quiere así? ¡Mentira! Dios nunca ha querido el hambre ni el
dolor del hermano. Basta leer con atención a los profetas
del Antiguo Testamento, sus más graves denuncias, sus
condenas, son para quienes, viviendo en la opulencia, dejan
en la miseria a su prójimo. El grito de los pobres clama al
cielo y no podemos voltearles la espalda. No podemos quedar
en la indiferencia e ignorar a los hermanos.
De espaldas a la necesidad
En el relato evangélico los apóstoles al menos se dan
cuenta, son conscientes de que las muchedumbres tienen
hambre, y buscan soluciones… pero soluciones en manos de
otros para ellos no verse implicados:
“Estamos en despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la
gente para que vayan a los caseríos y compren algo de
comer”.
En el tiempo que han vivido con Jesús han aprendido a
detectar las necesidades, a estar pendientes de los demás.
Se han abierto a los valores del Reino pero la necesidad los
pone nerviosos y prefieren soluciones que no los involucren,
que no pongan en peligro a Jesús y que la situación quede
controlada. Son prácticos y realistas; desde el principio
saben que los alimentos son muy escasos para aquella
multitud; describen y denuncian la situación, pero no se
implican en ella. No hay suficiente alimento y si se tardan
un poco más escuchando a Jesús, se provocará un caos. Con
estas poderosas razones están dispuestos a despedir a la
gente, para que cada uno se busque su comida. Pero Jesús,
no. Jesús tiene un corazón bueno y se encuentra siempre
dispuesto para los demás. Sabe descubrir su necesidad
profunda y sabe hacer surgir lo mejor de cada uno.
Denles de
comer
Denles de comer, es la respuesta de Jesús y no bromea. Sabe
que un hermano no debe dar la espalda a su hermano y cree
que la persona tiene la capacidad en sí misma para solventar
los problemas que afectan el reparto de los bienes de la
vida. Esa capacidad existe pero es preciso ponerla en
funcionamiento. El discípulo se excusa con lo más fácil:
pone la pobreza como obstáculo insalvable. Pero Jesús hace
ver que ese no puede ser un impedimento definitivo para un
reparto de los bienes. La dificultad está, más bien, en el
corazón de la persona que se abalanza sobre la posesión y el
dominio. Efectivamente, el sentido de posesión vela y oculta
las posibilidades de reparto. ¿No se ponen muros para que
los demás no vengan a molestarnos con su hambre y su
miseria? ¿Acaso no se gasta más en armamentos y guerras que
en soluciones para el hambre? ¿No volteamos la espalda con
la excusa que apenas la vamos pasando? Pero para Jesús no
hay excusa y hoy sigue insistiendo: denles de comer.
En una
mesa digna
Pero no dice que demos migajas, como a veces acostumbran los
países ricos enviando desperdicios a los necesitados. Si
revisamos el relato, encontramos que hay diálogo, escucha de
la palabra, mesa común; les pide que se sienten sobre el
pasto, como lo hace quien es libre y que puede participar
con los demás; hay la participación plena y la colaboración
mutua. Se entrega todo lo que se tiene, así sea muy poco,
pero también se está dispuesto a recibir; sólo esta entrega
y apertura hace posible el milagro. Un milagro de aquellos
tiempos pero también un milagro actual: las palabras que nos
dice Mateo nos recuerda mucho la Eucaristía:
tomó…miró al
cielo… bendijo… los repartió.
La Eucaristía es la más grande expresión de gratuidad y
entrega. Es el más grande milagro, pero también debe ser el
más grande compromiso, va cargada con un deber social
fortísimo hacia el hermano necesitado. Si no, la Eucaristía
se convierte en una mentira y en una contradicción. ¿A qué
nos comprometemos al participar en la Eucaristía? ¿Cuáles
son nuestras actitudes ordinarias ante las necesidades?
¿Cuáles son las pequeñas acciones que estamos haciendo
frente a la pobreza?
Señor, tú que eres nuestro creador y quien amorosamente
dispone toda nuestra vida, renuévanos conforme a la imagen
de tu Hijo, ayúdanos a imitarlo y ser coherentes con nuestra
fe. Amén
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