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CRISTO, ESE VECINO NUESTRO
Domingo XXI del Tiempo Ordinario
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+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San
Cristóbal de las Casas
En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesárea
de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice
la gente que es el Hijo del hombre?”. Ellos le respondieron:
“Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías;
otros, que Jeremías o alguno de los profetas”.
Luego les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?”
Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: “Tú eres el Mesías,
el Hijo de Dios vivo”
Jesús le dijo entonces: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan,
porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi
Padre, que está en los cielos! Y Yo te digo a ti que tú eres
Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes
del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las
llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la
tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en
la tierra quedará desatado en el cielo”.
Y les ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él
era el Mesías
(Mt 16, 13-20).
Modelos juveniles
Todo empezó como un juego en medio de bromas y chistes entre
el grupo de jóvenes estudiantes. “¿Quién es la persona que
más te inspira o te motiva para triunfar en la vida?” era la
pregunta de inicio. Y entre chascarrillos empezó a desfilar
una larga lista: primero de personas cercanas, novios y
amigos; después, aparecieron las actrices y artistas, más
entre ellas, y los deportistas y futbolistas, más entre
ellos. Vinieron los más controvertidos personajes de la
historia, y todos encontraban algún seguidor entre los
alegres muchachos y muchachas. Hasta que alguien dijo: “A mí
la persona que más me motiva es Jesús, Cristo” y las muy
diversas reacciones no se hicieron esperar, aunque la
mayoría, al menos en teoría era católica. “No se vale, se
necesita alguien más cercano a nosotros” dijo uno. “A mí
Cristo me cae muy bien, pero no trago a la Iglesia ni a los
curas” afirmó otro. Y así siguieron opinando y hablando en
contra o a favor de Jesús, pero sintiéndolo como un
personaje lejano, ciertamente atrayente para la mayoría,
pero no como alguien cercano o con quien se tiene una
experiencia personal.
Cristo, ese vecino nuestro
A mí me cuestionó mucho
porque la mayoría hablaba de Cristo no como de alguien que
lanza a la aventura y nos motiva, sino como de un vecino con
el que hemos estado toda la vida, lo conocemos poco, pero
hemos perdido el interés por conocerlo. Recuerdo que
cierto día, a
un ciudadano de Florencia
le expresaba mi admiración por la ciudad, el arte, sus
museos, la academia, etc., y él me respondió con un tono de
desenfado. “Ustedes han visitado más los museos que los que
vivimos aquí” y me comentó con indiferencia los sitios que
no ha visitado. Y esta experiencia la repetimos en muchos
lugares: los que tienen esa riqueza son quienes menos la
aprecian. Me parece que a los católicos con Jesús nos pasa
igual. Estamos tan acostumbrados a tenerlo toda la vida que
no le damos ninguna importancia y no nos dejamos impactar
por Él, por su vida, por
su pensamiento, por su ejemplo. Pasa a ser como un vecino de
toda la vida, relativamente cercano pero sin profundizar en
su amistad.
Un alto en el camino
A mitad del camino de su vida pública, Jesús hace un alto
para cuestionar a sus discípulos sobre el significado de su
obra y su persona en cada uno de ellos. Lanza la cuestión
sobre lo que opina la gente. "Juan el Bautista” es la
primera respuesta. Pero Juan, a pesar de ser un hombre
valiente, coherente y honrado, no es el Mesías. “Elías,
Jeremías o uno de los profetas” son personajes que tuvieron
una influencia decisiva para la historia del pueblo de
Israel, pero que no son el Mesías. A Cristo se le compara,
se le admira, se ponen adjetivos, pero para saber quién es,
se necesita tener una experiencia personal con
Él.
De ahí surge la pregunta de Cristo para Pedro y para cada
uno de nosotros. No se puede afirmar que Cristo es un
profeta, que habla en nombre de Dios, y quedarse tan
tranquilos, porque Cristo es el Profeta, la Palabra de Dios
hecha carne, que se mete en nuestra vida, que la transforma
y la cambia, que nos hace ver el mundo de forma diferente.
Pero si no escuchamos la Palabra, hablaremos de ideologías y
no de vivencias. Pedro afirma que Cristo es el Mesías, pero
tiene que adentrarse en todo lo que significa ser “Mesías”
al estilo de Jesús: no viene a destruir, sino a dar vida; no
viene a ser servido, sino a servir; no viene a poner en el
pedestal a Israel, sino a construir la fraternidad de todos
los pueblos, y esto lo hace por el camino de la pequeñez, de
la entrega, de la muerte y la resurrección.
Una confesión del corazón
Cuando Pedro hace la preciosa confesión: “Tú eres el Hijo de
Dios vivo”, no se imagina todo lo que esta frase encierra;
lo harán después en su reflexión las comunidades cristianas.
Es Dios que, tomando carne, asume nuestra condición y
comparte nuestro destino. Siendo Dios se hace uno de los
nuestros para darnos vida y salvación. Él comparte nuestra
vida pero quiere hacernos compartir su vida, es un
maravilloso intercambio. Pero si nosotros cerramos nuestro
corazón, si no nos abrimos
a toda la riqueza de este intercambio, nos quedaremos
vacíos, a pesar de estar tan cerca de Él. Por eso hoy
resuena para cada uno de nosotros la pregunta, al mismo
tiempo amorosa y exigente, de Jesús: “y para ti ¿quién soy
Yo?”. Es la pregunta del enamorado queriendo mirar el
corazón de persona amada, es un reclamo de amor. ¿Qué le
respondemos al Señor? ¿Cómo es nuestra relación personal con
Él? ¿Tenemos diálogo con Él, le damos tiempo, lo tomamos en
serio?
Encuentro con Cristo
Hoy es una oportunidad para retomar nuestra relación con
Jesús y adentrarnos en su amor y en su proyecto. No
tengamos miedo y dejémonos cuestionar sobre nuestro amor y
nuestra vida. El Papa Benedicto al iniciar su Pontificado
nos decía: “¡No teman! ¡Abran, más todavía, abran de par
en par las puertas a Cristo!… Quien deja entrar a Cristo no
pierde nada, nada –absolutamente nada – de lo que hace la
vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se
abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren
realmente las grandes potencialidades de la condición
humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello
y lo que nos libera… ¡No tengan miedo de Cristo! Él no quita
nada y lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por
uno. Sí: abran, abran de par en par las puertas a Cristo y
encontrarán la verdadera vida”.
Dios Padre, que te has hecho presente de un modo inefable en
el amor extremo que nuestro hermano Jesús ha vivido; haz
que, como Él mismo quiso, viviendo su palabra, su ejemplo y
su amistad, encontremos el camino hacia la realización de tu
voluntad y la construcción del Reino de la Vida y del Amor.
Amén.
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