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ACOMODANDO LA CRUZ
Domingo XXII del Tiempo Ordinario
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+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San
Cristóbal de las Casas
“En aquel tiempo, comenzó Jesús a anunciar a sus discípulos
que tenía que ir a Jerusalén para padecer allí mucho de
parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los
escribas; que tenía que ser condenado a muerte y resucitar
al tercer día.
Pedro se lo llevó aparte y trató de disuadirlo, diciéndole:
“No lo permita Dios, Señor. Eso no te puede suceder a ti”.
Pero Jesús se volvió a Pedro y le dijo: “¡Apártate de mí,
Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque
tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres!”
Luego Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera venir
conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me
siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el
que pierda su vida por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a
uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá
dar uno a cambio para recobrarla?
Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria
de su Padre, en compañía de sus ángeles, y entonces le dará
a cada uno lo que merecen sus obras”
(Mt 16, 21-27).
Un cuentito
“Te seguiré a donde vayas”, le dice un joven entusiasta a
Jesús. “Toma mi cruz y sígueme”. De un montón de cruces el
valiente joven escoge la más grande y pesada y emprende el
camino detrás de Jesús. Barrancas, subidas y bajadas,
caminos penosos, pronto empiezan a cansar al joven. “Le
cortaré un poco de arriba y un poco de abajo a mi cruz, al
fin que allá había cruces más pequeñas”. Con la cruz más
liviana avanza un más rápido. Pero el camino se estrecha y
estorban los brazos de la cruz: “Cortaré un poco de los
brazos porque si no me será imposible seguir a Jesús”.
Continúa su camino, pero el sol y la fatiga hacen estragos y
así continúa cortando una y otra vez los extremos de su cruz
hasta terminar reducida a una pequeñita cruz colgada en su
pecho. El final del camino es un enorme castillo pero con
sólo una pequeña ventana colocada en lo alto. “Jesús, ya
estoy aquí” exclama entre triunfante y temeroso el joven.
“Entra” Le dice Jesús. “Pero ¿cómo?”, responde el joven.
“Sube por tu cruz hasta la ventanita y entra en mi Reino” y
el joven se queda contemplando la minima cruz que cuelga de
su pecho y que es inútil para alcanzar la ventana. ¡Ya no
era la cruz de Jesús!
Seguir a Jesús
Nos gusta seguir a Jesús, nos gusta escuchar su palabra y
quedamos admirados y sorprendidos al contemplar su actuar,
su misericordia y su poder. Nos gusta descubrir su bondad
pero ¿cargar su cruz?, eso es otra cosa. Colgaremos cruces
preciosas en nuestro pecho, adornaremos nuestras
habitaciones con impactantes crucifijos, coronaremos
nuestros cerros de enormes cruces y cada construcción tendrá
su pequeña o grande cruz, pero ¿cargarnos la cruz de Jesús?
Lo pensaremos dos veces. Nosotros igual que Pedro lo
alabaremos y diremos que es el Mesías y el Hijo de Dios,
pero ¿seguirle sus pasos? ¡Qué difícil!
La parte superior
Así empezamos a acomodar la cruz a nuestros gustos y
caprichos y lo primero que le reducimos es su cabezal, la
parte superior, la que está dirigida a Dios. Y lo colocamos
lejos de nuestra vida, sin renunciar a Él, pero sin que
intervenga en nuestra vida. Seguimos nuestros caprichos y
ajustamos las reglas a nuestro parecer. ¿La concepción de la
vida? Le ponemos nuestras leyes e iniciará cuando nosotros
digamos. Excluimos a Dios de la actividad diaria, de los
negocios, de las relaciones… todo lo hacemos a nuestro gusto
y a nuestro antojo. Nuestros pensamientos no son los de
Dios. Y se quita a Dios de la vida para disfrutarla, para
gozarla y romper con toda regla: alcohol, sexo, droga,
desenfreno… Después se acaba en el vacío, en el sin sentido
de la vida que lleva, sobre todo a muchos jóvenes, a
pensamientos suicidas y a actitudes destructivas. ¿Cómo se
puede vivir sin Dios? Pero nosotros lo hemos expulsado de la
vida porque “nuestros pensamientos, no son los pensamientos
de Dios”.
La parte inferior
Pero tampoco nos gusta mucho la parte inferior de nuestra
cruz y la adaptamos a nuestro parecer. Nos olvidamos que
debemos estar en sintonía y armonía con la naturaleza y con
el universo. Rompemos los esquemas y abusamos de la
naturaleza, del agua, del aire, de los recursos naturales.
La basura, la contaminación, el desperdicio, todo lo
lanzamos en contra de nuestro mundo y lo asfixiamos con tal
de aprovecharnos de él. Petróleo, minerales, bosques,
plantas y animales son dañados por nuestra ambición. No
queremos límites, no queremos reglas y la naturaleza se
rebela y se vuelve agresiva contra el hombre. Pero es el
hombre quien primeramente ha degradado y deformado su casa
natural. Y no somos conscientes, seguimos cortando esa parte
inferior de la cruz, esa parte que nos sostiene y nos da
vida. Pero queremos hacer la cruz a nuestro gusto. ¿Dónde
podremos sostenernos?
Los brazos
Los brazos de la cruz nos estorban para el camino. Esos
brazos son para encontrar al hermano, para sostenernos
mutuamente, para enlazarnos en abrazo de amor. Pero los
brazos de la cruz estorban a quien camina en el egoísmo y la
ambición. Los cortamos y los hacemos a nuestro arbitrio.
Preferimos la felicidad solitaria nacida de la injusticia,
al ideal de Jesús de una vida de hermandad y compresión. Los
asaltos, la mentira, los engaños, son cotidianos con tal de
conseguir nuestros triunfos. No importa pisar al hermano,
con tal de escalar unos peldaños más. Rompemos con el otro,
lo ignoramos o lo discriminamos. No lo reconocemos como
hermano, porque creemos que el compartir nos empobrecerá,
cuando no hay mayor felicidad que el bien compartido.
Una cruz que mata
Al final nos quedamos con una cruz muy pequeñita, hecha a
nuestro modo. Entonces escuchamos las palabras de Jesús: “¿De
qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su
vida?” Parecería que todo se nos vuelve en nuestra
contra. Al haber roto con Dios, la vida pierde el sentido y
vagamos sin rumbo; al haber destrozado la naturaleza, nos
sentimos agredidos y como extraños en nuestro propio mundo;
y al haber roto con los hermanos nos perdemos en nuestra
soledad y egoísmo. ¿De qué ha servido nuestro esfuerzo sin
nos encontramos en la peor de las infelicidades? El hombre
sólo puede ser feliz cuando se encuentra en armonía con
Dios, con la naturaleza y con los hermanos, parecería una
pesada cruz, pero es una cruz que da vida y más si lo
hacemos al estilo de Jesús: por amor, con amor y en el amor.
¿Cómo cargamos nuestra cruz? ¿Qué partes le hemos
destrozado? También para nosotros son las palabras de Jesús:
“Toma tu cruz y sígueme”, entonces encontraremos la
verdadera felicidad. Sólo la cruz de Jesús da vida.
Padre lleno de ternura, de quien procede todo lo bueno,
inflámanos con tu amor y acércanos más a ti, a fin de que
descubriendo la vida que nos trae la cruz de Jesús, la
llevemos con alegría y fidelidad para construir su Reino de
Amor. Amén
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